Nuestro
último día amaneció lluvioso y con un fuerte temporal de Levante.
Así más o menos estaba nuestro estado de ánimo. Según fue
avanzando la mañana fuimos estando cada vez mas silenciosos. La pena
pesaba como una losa sobre mi pecho dificultándome respirar. Solo el
pensar que en unas horas tendría que tomar un avión de regreso a la
isla me partía el alma. Despedirme de Nacho otra vez. Era superior a
mi. Tenía las emociones a flor de piel y luchaba por no romper a
llorar como una niña pequeña.
Hicimos
el amor de forma lenta, pausada, silenciosa, sin dejar de mirarnos a
los ojos. Fue un instante mágico, de una conexión profunda, tan
placentero como doloroso porque anunciaba otra despedida, aunque un
poquito de nosotros permanecería para siempre entre los muros de esa
preciosa casa, porque una parte de mi iba a quedarse con Nacho y yo
tendría que aprender a vivir sin ella.
Si
él me hubiera pedido que me quedara lo habría hecho sin pensar, sin
importarme nada. Pero esas cosas solo pasan en las pelis y en algunas
novelas. La realidad se abría paso a empujones rompiendo nuestra
burbuja y mandándome a mi muy lejos. Se que no podré soportarlo sin
volverme loca. Necesito su presencia, su olor, su sabor y su tacto.
Necesito oír su voz y su risa, sentir su calor y sus caricias.
Necesito a Nacho para vivir tanto como respirar.
Pero
no me pidió que lo dejara todo por él, en realidad no habló mucho.
Me observaba. Tampoco puso fecha a un próximo encuentro, ambos
sabíamos que en cualquier momento, en cuanto uno de los dos pudiera,
tomaría un avión y volaría rumbo a los brazos del otro.
Fui
yo quien nuevamente subió a ese avión por varias razones: la
primera, por contrato me corresponde un vuelo de ida y vuelta a la
península al mes por cortesía de la empresa; la segunda, les habían
concedido la segunda estrella y había comenzado la emisión del
programa en canal cocina motivos por los cuales Nacho tenía mucho
trabajo. Eran el único restaurante que no había asociado la
popularidad a una subida en los precios de su cubierto manteniéndolo
asequible a todo tipo de clientes. No se habían convertido en un
restaurante para las élites económicamente más favorecidas si no
que se mantenían fieles a su máxima de democratizar la alta cocina.
Y la tercera, era el cumpleaños de Nacho y se merecía una
sorpresa. No
había vuelto a celebrar su cumpleaños, y yo lo entienedo, probablemente
hubiera reaccionado de una forma parecida. No se si ha superado lo
que ocurrió o simplemente se ha acostumbrado a vivir con ello, que
en cierto modo es una forma de superación. Aunque ha mejorado la
relación que mantiene con su madre, gracias a su hermana y a su
futura boda, dista mucho de ser un trato normal entre madre e hijo.
No habla de ella, es como si no existiera, y me parece un poco
injusto por su parte. Nadie tuvo la culpa de lo que le pasó a su
padre, él lo sabe, pero ni comprende ni acepta que le dejaran caer.
Por eso no pudo aceptar el dinero de la herencia de su abuelo, dinero
alojado en una cuenta en Suiza, y que hubiera bastado para amortiguar
la caída en desgracia de su familia.
Estoy
sentada en un coche que he alquilado en el aeropuerto y lo he
aparcado junto al portal de Nacho. Acabo de hablar con él por
teléfono, una conversación breve y precipitada, le he notado raro.
Viene de camino, él no sabe que estoy aquí, voy a darle una
sorpresa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario