7 de junio de 2015

La Chica del Club de Golf (13)

Nuestro último día amaneció lluvioso y con un fuerte temporal de Levante. Así más o menos estaba nuestro estado de ánimo. Según fue avanzando la mañana fuimos estando cada vez mas silenciosos. La pena pesaba como una losa sobre mi pecho dificultándome respirar. Solo el pensar que en unas horas tendría que tomar un avión de regreso a la isla me partía el alma. Despedirme de Nacho otra vez. Era superior a mi. Tenía las emociones a flor de piel y luchaba por no romper a llorar como una niña pequeña. 
 
Hicimos el amor de forma lenta, pausada, silenciosa, sin dejar de mirarnos a los ojos. Fue un instante mágico, de una conexión profunda, tan placentero como doloroso porque anunciaba otra despedida, aunque un poquito de nosotros permanecería para siempre entre los muros de esa preciosa casa, porque una parte de mi iba a quedarse con Nacho y yo tendría que aprender a vivir sin ella.
Si él me hubiera pedido que me quedara lo habría hecho sin pensar, sin importarme nada. Pero esas cosas solo pasan en las pelis y en algunas novelas. La realidad se abría paso a empujones rompiendo nuestra burbuja y mandándome a mi muy lejos. Se que no podré soportarlo sin volverme loca. Necesito su presencia, su olor, su sabor y su tacto. Necesito oír su voz y su risa, sentir su calor y sus caricias. Necesito a Nacho para vivir tanto como respirar.

Pero no me pidió que lo dejara todo por él, en realidad no habló mucho. Me observaba. Tampoco puso fecha a un próximo encuentro, ambos sabíamos que en cualquier momento, en cuanto uno de los dos pudiera, tomaría un avión y volaría rumbo a los brazos del otro.

Fui yo quien nuevamente subió a ese avión por varias razones: la primera, por contrato me corresponde un vuelo de ida y vuelta a la península al mes por cortesía de la empresa; la segunda, les habían concedido la segunda estrella y había comenzado la emisión del programa en canal cocina motivos por los cuales Nacho tenía mucho trabajo. Eran el único restaurante que no había asociado la popularidad a una subida en los precios de su cubierto manteniéndolo asequible a todo tipo de clientes. No se habían convertido en un restaurante para las élites económicamente más favorecidas si no que se mantenían fieles a su máxima de democratizar la alta cocina. Y la tercera, era el cumpleaños de Nacho y se merecía una sorpresa. No había vuelto a celebrar su cumpleaños, y yo lo entienedo, probablemente hubiera reaccionado de una forma parecida. No se si ha superado lo que ocurrió o simplemente se ha acostumbrado a vivir con ello, que en cierto modo es una forma de superación. Aunque ha mejorado la relación que mantiene con su madre, gracias a su hermana y a su futura boda, dista mucho de ser un trato normal entre madre e hijo. No habla de ella, es como si no existiera, y me parece un poco injusto por su parte. Nadie tuvo la culpa de lo que le pasó a su padre, él lo sabe, pero ni comprende ni acepta que le dejaran caer. Por eso no pudo aceptar el dinero de la herencia de su abuelo, dinero alojado en una cuenta en Suiza, y que hubiera bastado para amortiguar la caída en desgracia de su familia.

Estoy sentada en un coche que he alquilado en el aeropuerto y lo he aparcado junto al portal de Nacho. Acabo de hablar con él por teléfono, una conversación breve y precipitada, le he notado raro. Viene de camino, él no sabe que estoy aquí, voy a darle una sorpresa.

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