9 de abril de 2020

La chica del club de golf 40


ALICIA Y KAIET


Toda su ropa yacía extendida sobre la cama, aun no había decidido que ponerse. Nerviosa, temiendo enfrentarse otra vez a esa extraña decepción. Evitaba mirar a Natalia para no leer en sus ojos "otra vez te ha pasado lo mismo" aunque no dijera nada y anduviera buscando en su armario algo de ropa para prestarla
¡Joder!, no. ¿O si? Era una posibilidad. Siempre se negó a reconocer que una silenciosa carencia de afecto la inducía a confundir necesidad con realidad. Pero esta vez no. Habrá una razón, y no debería sacar conclusiones precipitadas. Se merecía un final feliz, y Kaiet era un tipo que merecía la pena. Deseaba tener su propia historia de amor, la más bella del mundo. Porque sería suya y de nadie más.
Kaiet puso su presente patas arriba. Cuando se conocieron se pasaron esa primera noche hablando y bromeando. No hubo sexo, pero tampoco lo necesitó, y aunque en algunos momentos la tensión sexual fue palpable, ambos supieron controlarse. Pasó cuando tuvo que pasar. Fue rudo y primario, desinhibido, y muy satisfactorio.
Eran dos perfectos desconocidos ¿y qué? También lo eran Natalia y Nacho aunque se conocieran desde casi siempre. Su amiga había sabido dejar atrás su resentimiento, justificado porque se excedió, y estaba mostrándola su rotundo apoyo. Pero no por eso la quería más, el "angelito malo" flotaba libremente por su cabeza nublando el juicio. Verla tan feliz...la superaba.
¿Qué coño la pasaba? ¿Qué culpa tenía Natalia de las decisiones que ella y solo ella había tomado?.
- ¿Te apetece un té? - Mira qué mona, ahora toma té.
Prefiero un gin tonic, la verdad.
- Vale, cuando regreses, pero ahora no lo necesitas.
- Natalia, no seas así, no lo merezco, soy una cabrona que solo pienso en mi misma. - Me miró de hito en hito.
- Déjate de royos que nos conocemos – Comenzó a ordenar la ropa - Si nada de lo que has traído te convence mira en mi armario a ver si hay algo que te guste más.
- No voy a ir – Se dejó caer en la cama.
- Tengo un mono ideal. Aun no lo he estrenado, pero con estas cuñas te va a quedar genial. Es muy escotado y tiene la espalda al aire...
- No hagas como que no me has oído.
- Te mereces una explicación y vas a ir. 
- Tienes que descubrir si te equivocaste o no. Y si todo sale mal nos tomaremos un gin tonic o siete. - Lloriqueó – Escucha, cambiar la fecha del vuelo de regreso no te va a resultar fácil, mejor aclarar todo para poder pasar página.
- Además, estamos dando por supuesto que va a salir mal, seguro que hay una explicación.
La pantalla del móvil se iluminó, Kaiet esperaba en el vestíbulo. Se vistió rápidamente con lo primero que pilló: un pantalón pirata y un top. Se lavó la cara maldiciendo y salió a todo correr escaleras abajo descalza con las sandalias en la mano.
Kaiet permanecía de espaldas, contemplando el jardín interior. Cerró los ojos deseando con fervor que no la mintiera.
Hola – Saludó con inseguridad. Y Kaiet se volvió hacia ella con una sonrisa que no le cabía en la cara
- Alicia – La abrazó y si la notó tensa no dijo nada – Qué sorpresa – La besó en los labios.
- ¿Sorpresa para bien o para mal?
- Para muy bien – La cogió en brazos mientras volvía a besarle. - ¿Hay algún motivo para que vayas descalza? -  Susurró en su oído.
Alicia sonrió coqueta mientras se apoyaba en él para calzarse.
- Y cuéntame ¿qué planes tienes?
- Quiero aprender a hacer surf – salieron del hotel cogidos de la mano – Bueno no, quiero que tu me enseñes a hacer surf. Me lo prometiste.
Se había relajado y estaba dejándose llevar, ya habría tiempo de entrar en terreno farragoso.
- ¿Puedes quedarte con Natalia? - Finalmente se salió con la suya y ambos estaban tomando un gin tonic en una tranquila terraza junto al mar. Todo en esa isla era calma y sosiego, pero ella se tensó al oír la pregunta. Que tuviera un hijo no era un inconveniente, si que se lo hubiera ocultado – Es que están mis padres en casa.
-  ¿Tus padres? - Sonrió disimulando.
- Puedes quedarte con nosotros si quieres- Aclaró para evitar malos entendidos - a mi no me importa, pero no se si te vas a sentir cómoda. Se marchan el domingo – Ni una palabra del niño. - Creo que congeniaríais, son maestros, ya estan jubilados, pero tendríais mucho de lo que hablar.
- Seguro que si – Y seguía sin soltar prenda del niño.
- Os vi – La miró sin entender. - esta mañana, cuando volvíais de la playa. Yo estaba abajo, esperándote, quería darte una sorpresa.
- ¿Y porqué no dijiste nada? - Le miraba fijamente analizando cada gesto, cada movimiento.
- También vi al niño. - La confusión de Kaiet iba en aumento.
- ¿Y? - Respiró lenta y pausadamente para tomar conciencia del momento. Se sentía orgullosa de si misma, estaba manejando la situación con un aplomo que nunca creyó tener. A lo mejor es que estaba madurando. - ¿Qué problema hay con el niño? Eres maestra, algo te gustaran, digo yo – Pobre, estaba totalmente desconcertado. Y como si se le hubiera ocurrido un disparate sonrió mientras negaba con un leve movimiento de cabeza. - ¿Has pensado que era mi hijo? - Ahora era ella la desconcertada – Es Aitor, mi sobrino. Pero no lo entiendo ¿porqué no te has acercado a saludar
Y Alicia no tuvo otra opción que confesar sus sentimientos, sus miedos, sus fracasos, sus hasta el momento inconfesables anhelos, desnudando su alma.
- ¿Y porqué no habría de contarte que tengo un hijo si lo tuviera? - Alicia ocultó avergonzada la cara en sus manos – Es hijo de Jon, mis padres han venido a recogerle para llevarlo a pasar el verano con ellos.
- Lo siento. Me precipité.
- ¿Tan mal te han tratado? - Alicia esbozó una sonrisa triste que no le llegó a los ojos. Kaiet la cogió una mano y se la llevó a los labios besandola suavemente.
- ¿Cuánto tiempo estuviste casado?
- Casi tres años. - Ambos guardaron silencio- ¿Quieres saber qué pasó?
- Solo si tu lo quieres contar.
- Nos conocimos en Lóndres, donde yo curraba y mal aprendía inglés, en una fiesta en casa de unos amigos comunes. Estaba a punto de quedarme sin alojamiento, y me ofreció compartir piso. Heike por su trabajo viajaba con asiduidad, en teoría no coincidiríamos mucho. Era un buen apartamento propiedad de la aerolínea que luego arrendaba a su personal. Todo un negocio, pero el alquiler no era alto para estar en el centro de la ciudad. No teníamos nada en  común, excepto las ganas de divertirnos. Supongo que me enamoré de su independencia y de la vida tan cosmopolita que vivíamos. Hasta ese momento nunca mantuve una relación digna de ser considerada como tal, ella era mucho más madura y experimentada que yo y me pasó por encima. Nos casamos para disgusto de mi madre que no lo veía nada claro. Luego la trasladaron a Amsterdam y la seguí. Fue casi un año de calvario porque no conseguí acostumbrarme a la ciudad. Con una cultura gastronómica inexistente, me arrastré por trabajos de mierda hasta que terminé currando en un restaurante argentino donde me aficioné a los vinos chilenos y me sentía como en casa. Y cuando hice las paces con la ciudad y empezaba a disfrutar...Un nuevo traslado a Tenerife a petición suya. Y yo la seguí. Dijo que lo hacía por mi, que quería que fuera feliz pero que va. A esas alturars la conocía lo suficiente para saber que era un culo de mal asiento y que se aburría pronto. No se cansó de repetirme que para ella era un sacrificio profesional, que yo mi prpfesión la podía desarrollar en cualquier lugar del mundo...Se cansó pronto. Nuevo traslado a Amsterdam. Y esta vez no la seguí. Estaba claro que tarde o temprano también terminaría cansándose de mi. Dolió menos de lo esperado, lo vi venir. En un mes firmamos el divorcio. Desde entonces no he vuelto a saber de ella. - Se abrazaron mientras paseaban por la playa – Hice muchas cosas mal, cometí todos los errores posibles.
- ¿Y como viniste a Lanzarote?
- Por Jon, su novia se había largado dejándolo con Aitor y estaba desbordado. Vine a echar una mano y al final me quedé.
- ¿Y ahora qué? - Se encogió de hombros.
- Me llamó Leo Santacruz hace unos días – El padre de Natalia – Me comentó que le gustó mucho mi trabajo y que si estaba dispuesto a cambiar de aires tenían una propuesta que hacerme.
Se le aceleró el pulso y tuvo que esforzarse en disimular su ansiedad.
- ¿Qué le dijiste?
- Alicia, es Leo Santacruz, y viene buscarme , no he tenido que llamar a su puerta. Eso pasa en contadas ocasiones.
- ¿Te trasladarías a Madrid? - Resopló
- No lo se. Muy lejos del mar. - Un pellizco de decepción.
- Me entrevistaré con Nacho Herráez. - El marido de Natalia le aclaró – Es una "puta maquina" ese tío.
- ¿Nacho? - Preguntó incrédula.
- El restaurante estuvo al borde de la quiebra, y desde que Leo delegó en él mira donde están. Son un referente.
- ¿Qué pasa? Te has quedado muy callada - La émpujó con su cuerpo acercándola al agua . - ¿Estas dispuesta a enseñarme tu ciudad?







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