11 de noviembre de 2016

La Chica del club de golf (36)

Mi madre nos despertó temprano, muy temprano. Su voz al teléfono sonaba distinta, sin rastro del resentimiento del día anterior, alegre y parlanchina, sus comentarios jocosos calmaron la desazón que me recorría después de nuestro encontronazo. Cuando terminé la llamada Nacho me esperaba en la cocina con el desayuno preparado y café recién hecho.
- Quiere que esta noche me ponga el vestido de la boda, dice qué es muy bonito, un poco corto para traje de novia, pero como tengo unas piernas preciosas...- Me acarició con la mirada sin separar la taza de humeante café de sus labios. No se como puede tomarlo sin endulzar. - Pero, que ni se te ocurra aparecer en vaqueros y camiseta – Me enseñó su móvil con un mensaje de mi madre en pantalla.

Estas muy guapo en las fotos de la boda, pero esta noche ¿podrías vestirte algo más formal y ponerte zapatos?

Te lo pido como suegra tuya que soy desde hace unos días, ya sabes que como Natalia no se me ocurriría.


Emoticono del beso a modo de despedida

Como poder...podría. Otra cosa es que quiera. Acabo de descubrir cuanto me divierte llevar la contraria a mi suegra.
Sería distinto si me lo pidiera Natalia (madre).

Y le devolvió un corazón de emoticono.

Bonito intercambio, ¿se habían declarado la guerra? Los mensajes, aunque divertidos, iban cargados de mala leche. Mi madre parecía haber convertido a Nacho en el objetivo de su furia utilizando para ello el sarcasmo.
Sin querer desplacé el dedo por la pantalla y apareció el anterior mensaje de mi madre, fechado el veintitrés de diciembre pasado. Una foto. Mía. Distraída. Sonriendo no se a qué o a quién. Sin texto. Sentí su mirada y no quise devolvérsela para que no descubriera el torbellino que se estaba desatando en mi mente. No le hizo falta.
- No te precipites.
Mírame antes de llegar a conclusiones erróneas. - sonrió inocentemente levantando las manos con las palmas hacia arriba.- En realidad, es lo que parece – Se encogió de hombros. El muy puto estaba disfrutando con mi incertidumbre. - Un poquito de chantaje emocional para hacerme cambiar de opinión.
- Entonces no me he equivocado. - Corté molesta.
- Si, porque no hay motivos ocultos en el mensaje. Sólo pensó que quizá podría convencerme y así pasar la Navidad todos juntos. No hay segundas intenciones. Hasta hace muy poco tu madre estaba convencida de que nuestra relación era "casi" fraternal. 
- Tu padre y yo habíamos discutido. Otra vez. Porque es anárquico, caótico, resulta imposible llevar un plan de trabajo con él. Toma decisiones arbitrariamente, sin consultar cuando implican a terceros, en este caso yo. - Sonrió – Os parecéis mucho. - Si, claro. Por eso le resulta tan fácil leerme, ha aprendido trabajando junto al difícil de la familia. Le enseñé el dedo corazón y sonrió. De esa manera que solo me sonríe a mi, sincera y abierta, sin sarcasmo. 
- Y cambiaste de opinión. - Negó con un leve movimiento de cabeza.
- Nunca dije que no fuera a ir.
- ¡Que pena! - Puse morritos – Me hubiera encantado ser la causante de tu cambio de planes.
- Y lo fuiste, no pensé quedarme tantos días. De hecho desde allí viajaría a Bruselas a pasar el fin de año con una amiga. - Hizo una pausa y me miró buscando algún tipo de reacción. Pues lo tenía claro, menuda soy para esas cosas. A estas alturas ya debería saber que no soy celosa, o al menos no cuando esperan que lo sea. - Por eso cuando cambié el billete no tenía fecha de regreso.
- Mal amigo, le diste plantón. - Me acerqué a él juguetona.
- No soy bueno, ya te lo dije. La mayor parte del tiempo solo pienso en mi.
- Mentiroso.
- ¡Listilla!
- ¿Tan claro lo tenías?
- Cuando apareciste con ese vestido gris sin mangas y taconazos...dejé de pensar con claridad...Siempre fuiste la hermana de Jorge, no la mía – Puntualizó acercándose a mi dejando claro que nunca me vio como a tal. Me besó. Hambriento. Lascivo – Tuve muy claro qué me gustaría hacer contigo, si me dejases, no podía pensar en otra cosa – Un susurro ronco recorriéndome entera haciéndome estremecer. - Solo tenía que conseguir que me dejases...no medí bien el riesgo, no calculé lo que tu – me mordió en el hombro- harías conmigo aunque no me dejara... Lo que vino después...ya lo conoces. Fuiste consciente antes que yo, de tus sentimientos y de los míos. Me tomaste de la mano y no me soltaste hasta estar completamente segura de que no perdería el equilibrio, de que no iba a retroceder, de que poquito a poquito iría hacia adelante sin mirar atrás, de que había ciertas cuestiones que tendría que resolver solo.
Claro, que luego se te cruzaron los cables y lo estropeaste todo.- Arrugó la nariz.
- Yo no lo estropeé – Me defendí. - Además, te hice reaccionar.
- Eso no te lo crees ni tu, pero bueno ¿estas preparada para el fiestón postnupcial?  - Lo hizo otra vez, cambió de tema y por su expresión no iba a permitirme continuar.
- Es solo una cena- Manifestó su desacuerdo con un suave cabeceo.
Y antes de que me diera cuenta volví a estar pegada a él, saboreando el placer de quitarle la camiseta, el deleite de acariciar su pecho sintiendo la calidez de su piel y abrazar su cuerpo desnudo sintiéndome protegida. Lo único importante, el resto daba igual.

No volvimos a pensar en la dichosa cena, nos mantuvimos ocupados bajando a hacer la compra, preparando la comida, haciendo el amor, durmiendo la siesta...jugando a vivir. Disfrutando de unos momentos que en nuestro día a día juntos no iban a repetirse con asiduidad por cuestiones laborales. Llegado el momento ya nos organizaríamos, ahora tocaba permanecer en nuestra burbuja el mayor tiempo posible, disfrutar el uno del otro porque en unos días yo tendría que volver a subirme a un avión.
Cuando comencé a vestirme estaba tan nerviosa que no atinaba a abrochar la pulsera de la sandalia joya que complementaba mi atuendo y Nacho tuvo que ayudarme. Su mirada y la mía siguieron el recorrido de sus dedos que en una lenta e insinuante caricia ascendieron por mi pierna hasta llegar al muslo donde nuestras miradas confluyeron cargadas de intención.
- Si continuas mirándome así llegaremos tarde.
- Por mi, como si no vamos – Sentenció ayudándome a ponerme de pie.
- Sería una pena. - Le besé en los labios – Con lo guapo que te has puesto. - deslicé las manos por sus hombros como si estirara una invisible arruga en su impecable camisa negra. Mi macarra elegante lucía perfecto con pantalón y camisa negros, y por supuesto, zapatos. Los puños de la camisa recogidos cubriendo sus antebrazos tatuados.

Entramos en el restaurante cogidos de la mano y luciendo nuestra mejor sonrisa que se nos congeló en los labios cuando descubrimos que de reunión familiar nada. Allí estaba congregado todo el mundo.
La familia de Nacho (menos su hermana que seguía de luna de miel), la mía, nuestros amigos, amigos de ambas familias, y la plantilla del restaurante al completo. Mi padre literalmente "había tirado la casa por la ventana" cerrando el restaurante al público, cancelando reservas y organizando, en menos de veinticuatro horas, una fiesta.
Mi madre corrió a saludarnos y algo rezagada, como pidiendo permiso, la siguió la de Nacho que no apartaba la vista de su hijo, no se si sorprendida o emocionada. Me puse muy nerviosa. De haber podido habría salido corriendo. Nacho me apretó la mano con fuerza impidiendo que nos soltáramos cuando mi madre quiso dirigirme hacia donde estaban mis tíos.
La gente me gusta, y se me da bien, pero no estaba preparada para algo así. Incluso estaban haciendo fotos. No quise ni pensar en como debía estar Nacho.
No tenían derecho a prepararnos algo así, no sin habernos consultado previamente. Asumí la situación y me tragué mi malestar, no quedaba otra.
Y encima hicimos nuestra entrada con Sam Smith cantando I'm not the only one, que si, es muy bonita, pero no era un buen augurio.
Saludamos poco a poco a todos "nuestros invitados" y recibimos sus parabienes sin soltarnos de la mano, manteniendo siempre el contacto. Nacho solo me soltó para ir a saludar a mis amigas que, pacientemente, esperaban en un extremo al fondo del salón, bebiendo cava y tonteando con los compañeros de Nacho como si la cosa no fuera con ellas.
- Lo siento lo siento lo siento, no me ha dado tiempo a deciros nada.
- ¿Cómo que no, tonta? ¿Tan embelesada estas que no te acuerdas? A ver, enséñanos el pedrolo.- Las miré sin comprender, y entonces lo supe, mis padres habían respetado nuestro deseo. Celebrábamos nuestro compromiso, solo algunos de los asistentes sabía que ya nos habíamos casado. Anunciarlo o no, era decisión nuestra.

Me costó localizarle entre tanta gente, pero le encontré en la cocina, su hábitat natural. Solo. Sosteniendo una copa vacía y con la vista perdida en un punto indeterminado.
- ¡Papá!- Gimoteé. Me abrazó susurrando mi nombre
- No llores, hija...Es tu noche.
- No, no lo es, papá. Nosotros no necesitamos todo esto.- y extendí la mano hacia el salón.
Mi padre asintió pensativo siguiendo la trayectoria de mi mano.
- Lo se, lo se. Pero se trata de Nacho y de ti. 
Es sólo un gesto que evitará malentendidos y suspicacias. Dejad que vean por un ratito lo mucho que os queréis.
La decisión de anunciar  o no que ya no habíamos casado era nuestra; esa era la ocasión de mostrarnos como pareja ante todos. que nosotros no necesitáramos, o no quisiéramos, nada de nadie, no sinificaba que nuestras familias tuvieran que sentir lo mismo. se trataba de un momento importante en sus vidas que querían compartir con sus íntimos. No nos costaba nada prestarnos a ello. Así lo entendimos, y aceptamos.
Al final la emoción me pudo y terminé llorando abrazada a mi padre de un modo tan elocuente que no hicieron falta palabras.


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